El vacío que revela lo esencial.

El tokonoma es uno de los elementos más silenciosos y, al mismo tiempo, más poderosos de la arquitectura japonesa tradicional. Se trata de un nicho elevado, normalmente ubicado en una de las estancias principales de la casa, especialmente en los espacios de reunión o contemplación. No tiene una función práctica, y sin embargo, estructura todo el sentido del lugar.

En él se coloca una única pieza cuidadosamente seleccionada: una pintura de tinta, una caligrafía, un arreglo floral (ikebana), o una roca. Nunca más de una. Nunca por decorar.

Lo que se exhibe en el tokonoma no es un objeto: es una presencia.
Una forma de decir, sin palabras, qué tipo de atmósfera se quiere invocar en ese momento.
Es también un gesto de hospitalidad y de intención.
El anfitrión prepara el tokonoma para su huésped. Lo hace visible para él, no para sí mismo.

Pero tan importante como lo que se coloca es lo que se deja vacío.
El tokonoma no está hecho para ser llenado. Está hecho para ser contemplado.
Su valor no reside en lo que muestra, sino en el espacio que lo enmarca.

Este principio resuena profundamente con el concepto de ma (間): el espacio entre las cosas, el intervalo cargado de sentido. El tokonoma es ma convertido en arquitectura: una pausa espacial, una respiración visual, una reverencia en forma de hueco.

En muchas casas japonesas, el tokonoma está ligeramente más elevado que el resto del suelo.
Ese desnivel no es solo físico: es simbólico. Nadie debe pisarlo, ni siquiera para limpiarlo.
Es un lugar que se habita con la mirada, no con los pies.


En Iwakura Studio, el espíritu del tokonoma inspira una forma de proyectar donde no todo debe ser funcional, lleno o visible.


Hay espacios que existen para contener presencia, calma y reverencia.

Porque habitar, en lo más profundo, también es saber dejar un lugar para el silencio.